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jueves 17|04|2014

Una escapada de capricho a la playa de la Malvarrosa

Texto: Federico Ruiz de Andrés; Fotos: Ana Bustabad Alonso

El día amanece nublado, pero no importa. Hemos decidido escaparnos de las prisas a un lugar donde la luz es siempre protagonista, como en los cuadros de Sorolla. Nos espera un balneario de lujo nuevo con sabor antiguo, el hotel Las Arenas. A orillas mismo de la playa más famosa de Valencia, la Malvarrosa.
Como queremos que la escapada sea perfecta, hemos reservado un billete de ida y vuelta con Air Nostrum, la única aerolínea que cuenta con la Palma de Oro de la ERA (European Regions Airline Association), y que conserva todo el encanto de cuando volar tenía encanto.
Volamos desde Valladolid, pero podríamos haberlo hecho desde muchas otras ciudades españolas. En menos de hora y media, el pequeño CRJ200 de Air Nostrum nos deja con su servicio impecable en el aeropuerto de Valencia. Desde la escalerilla caminamos pocos pasos hasta una terminal nueva y esplendorosa en la que Aena parece haber echado el resto.
Bien señalizada e inmediata, la zona de taxis se encuentra en la misma puerta del aeropuerto. De ahí al hotel, apenas media hora hasta un área que lucha por integrarse en el paisaje urbano de Valencia.
Ya en el puerto, avistamos viejas naves modernistas transformadas en contenedores de actividades culturales. Justo al lado, las modernas sedes de los equipos de la Copa América.
De pronto, al doblar una curva, inmensa, la playa de la Malvarrosa, con sabor a tranvía que aún llega hasta aquí, renovado; con sabor a horchata, a tardes de olas. El mismo arenal por el que paseaban Blasco Ibáñez o Sorolla.
Allí, muy próximo, aparece el Hotel Las Arenas Balneario Resort. Son cuatro alturas para un cinco estrellas Gran Lujo, el primero de la Comunidad Valenciana, integrado en The Leading Hotels of the World, y que apuesta decididamente por abrirse al mar de Valencia.
A primera vista, el edificio resulta demasiado robusto para el entorno. Esconde su delicadeza en la decoración interior, en la luminosidad de los espacios. Una decoración excelente que llega a su máximo esplendor en la liviandad de sus suites; en las que no sobra ni falta nada.
El taxi sube la rampa y el personal, en línea con la categoría del hotel, se afana en recibir al viajero con una sonrisa. Nada más acceder al gran vestíbulo, la acogida es solícita, diligente. Un enorme y luminoso lobby nos sorprende apuntando al Mare Nostrum.
La herencia helénica, los mármoles, las fuentes y una vegetación que acumula años recibiendo la brisa del mar y las gentes que allí acuden buscando armonía y paz, salud o en busca de formación o celebraciones.
      

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