Reiníciate con una escapada al Valle de los Caídos

EXPRESO - 12.12.2021

En estos tiempos en los que tanto valoramos disfrutar al aire libre, la naturaleza y la paz en medio de tanta tribulación, hay un lugar especialmente indicado para una escapada donde reiniciarse para encontrar la armonía y el relax, el Valle de los Caídos.

Está situado en el corazón de España, a medio centenar de kilómetros de la capital madrileña, en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, hacia el noroeste y muy cerca del Monasterio del Escorial. Suelen hacerse escapadas conjuntas aprovechando el mismo día, pero cada uno de estos lugares merece un par de días para disfrutarlos a fondo.

El Valle de los Caídos, así llamado porque se construyó como monumento funerario a los muertos en la Guerra Civil española de 1936 a 1939, es un complejo de una belleza imponente y excelente, diseñado y ejecutado por los mejores arquitectos y escultores de su época en el valle de Cuelgamuros. No importa si eres creyente -aunque en ese caso la experiencia será mucho más enriquecedora- o no para maravillarte con el conjunto, a nada que tengas una mínima sensibilidad para apreciar la belleza. Es importante, eso sí, llegar aquí con la mente libre de prejuicios para descubrir la verdad sobre el Valle y juzgar por ti mismo.

hospedería

Presidiendo todo el complejo, la Cruz más grande del mundo, con sus 150 metros de altura, dispuesta sobre el risco de la Nava, con sus brazos apuntando al norte y al sur; en los días claros puede verse su silueta desde Madrid. Justo bajo ella, la cúpula de la basílica pontificia más grande de España, excavada en la roca, donde reposan los restos de unos treinta y cuatro mil caídos; a su alrededor, otros edificios como el monasterio, un colegio o la hospedería en la que cualquier viajero puede alojarse. Un poco más lejos, otras construcciones como el poblado o las diferentes estaciones del Via Crucis que jalonan el Valle.

Dormir aquí es deleitarse con la paz, la perfección y el sosiego de este recinto sagrado; despertarse en un apabullante entorno natural; disfrutar de la hospitalidad benedictina en sus habitaciones sencillas y acogedoras; saborear los platos caseros de su restaurante añejo y encantador. 

entrecot

No hay que esperarse el servicio de un hotel, ya que no lo es. La hospedería es austera y, aunque cómoda, sus puntos fuertes son la sensación de comunidad que se forma entre sus clientes alojados y el cariño presente en los detalles que te trasladan a la infancia, como su sencillo menú casero o las galletas de su humilde desayuno de colegio. 

Las habitaciones, con cuarto de baño privado, que recuerdan a celdas monásticas porque de hecho el edificio de la actual hospedería era el primitivo monasterio del Valle, y los espacios comunes como el claustro, la capilla o la biblioteca, son ideales para encontrar la paz, meditar, orar o escribir. No obstante, si se prefiere algo más de comodidad merece la pena reservar una de sus dos suites, las únicas con acceso directo a la gran terraza frente a la Cruz.

suite

Para que la escapada sea verdaderamente provechosa al espíritu, si se es católico o al menos respetuoso con la religión conviene asistir a la Santa Misa conventual que se celebra cada día a las 11 horas, excepto los lunes, en la basílica. El momento más impresionante de su liturgia perfecta es la Consagración, cuando se apagan de golpe las luces y solo queda iluminado el Crucifico del Altar, obra del escultor Julio Beobide. De fondo, durante la Celebración, los cantos de los escolanes en el coro reverberan su sonido en la cúpula de mosaico produciendo un efecto angelical. Estos pequeños profesionales del canto son el único coro infantil del mundo que canta a diario gregoriano. Viven y estudian aquí, en la Escolanía que dirigen los benedictinos.

Los aficionados a la fotografía encontrarán en el Valle mil y un encuadres espectaculares. No hay que perderse los de las arcadas que unen la abadía con la hospedería, donde es fácil obtener las mejores imágenes. 

arcada

En el exterior, el inmenso recinto de más de mil hectáreas de bosque es el hábitat de animales salvajes como corzos, jabalíes y gran número de aves, además de algunos caballos o vacas que se cuelan a menudo en la finca. Para recorrerla a pie fácilmente puede seguirse por ejemplo el camino enlosado del Via Crucis, no exento de cuestas importantes.

 

No importa si se llega al Valle de los Caídos en busca de un retiro espiritual, una escapada romántica, un tiempo relajado de desconexión para escribir o meditar o simplemente recargar las pilas. Bastan un par de días en este lugar tan especial para volver a la vida diaria reiniciado y repleto de paz, ¿te animas a comprobarlo?

 

Puntos interesantes que no puedes perderte

Las esculturas exteriores de Juan de Ávalos. Las más impresionantes del Valle, desde la Piedad colocada sobre la entrada principal de la basílica hasta los cuatro evangelistas y las virtudes en la base de la gran Cruz.

san juan

La cúpula de mosaico en la basílica. Sobre el Altar Mayor, cinco millones de teselas ilustran un Pantocrátor, un grupo amplio de santos españoles con Santiago el Mayor a la cabeza, otro de mártires españoles presididos por San Pablo y la Asunción de la Virgen. Obra de Santiago Padrós.

Los tapices del siglo XVI. A la entrada de la basílica, a ambos lados de la nave, cuelga una valiosa colección de ocho tapices del Apocalipsis de San Juan encargados en Flandes por el emperador Carlos V. Actualmente, para preservar la conservación de los originales, se trata de copias.

El Via Crucis monumental. Cinco kilómetros rodeados de pinares y más de 2.300 escalones, subidas y bajadas enlosadas de granito para quienes quieran caminar y encontrar a Dios en la naturaleza o simplemente disfrutar de ella dentro del recinto del Valle.

El Belén oculto del Valle. Quienes gusten de perderse por esta inmensa finca arbolada y hacer senderismo sin prisas pueden aprovechar para buscar el Belén escondido entre las rocas que cada año se descubre en el Valle por Adviento, en memoria de aquel primero que colocaron algunos trabajadores de Telefónica en los años noventa.

 

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Respuestas veraces a cuestiones polémicas

Porque el Valle de los Caídos está a menudo en el foco mediático y no siempre se trata con honestidad, sino bajo diferentes prismas politizados, difundiéndose ampliamente bulos y mitos falsos, muchas personas no conocen su realidad. Así que en EXPRESO hemos acudido a las fuentes primarias para responder con honestidad y veracidad a algunas preguntas que el viajero pueda hacerse: 

 

¿Es verdad que Franco construyó este monumento como su mausoleo?

No. El general Franco no dejó dicho en ningún momento dónde quería ser enterrado. La decisión fue del Gobierno español de noviembre de 1975 junto con el rey D. Juan Carlos. De hecho, para inhumarlo hubo que buscar a última hora un lugar e incluso reutilizar el reverso de una lápida prevista para otro difunto.

 

Se ha publicado que más de 20.000 presos políticos participaron en la obra con trabajos forzados, ¿es cierto?

Ni mucho menos. Según la documentación recopilada en su tesis doctoral por el historiador Alberto Bárcena, en los años 1943 a 1950 trabajaron en el Valle un total de poco más de dos mil presos que se acogieron al programa de Redención de Penas por el Trabajo. Todos lo hicieron de manera voluntaria, incluso solicitándolo algunos como ‘enchufe’, ya que había menos plazas que peticiones. Cobraban el mismo salario que los trabajadores libres y gozaban de un régimen de semilibertad que en ocasiones permitía a sus familias vivir en el propio Valle.

 

terraza

¿Cuántos obreros murieron durante su construcción?

Recurriendo al Archivo General de Palacio Real, Archivo General de la Administración, Archivo Parroquial de San Lorenzo de El Escorial, Registro Civil de San Lorenzo de EL Escorial y Boletín Oficial del Estado, está documentada la muerte de cuarenta y cuatro personas del Valle en los veinte años que duró su construcción, incluyendo los fallecimientos por causas naturales. Dieciséis están acreditados como accidente laboral, solo seis de ellos eran reclusos, y ningún preso murió durante la construcción de la Cruz, ya que se comenzó en el año 51 y solo hubo penados trabajando en la obra hasta enero del 50.

 

¿Resulta tétrico el lugar al haber tantos difuntos enterrados allí?

Todo lo contrario. La basílica es un espacio espiritualmente muy potente en el que impera la paz, no solo por ser un lugar sagrado y por su simbolismo, sino por la combinación de proporciones inmensas pero agradables, sus juegos de luces y sombras y las esculturas que la jalonan. Los miles de difuntos no están enterrados, sino inhumados detrás de los muros de las capillas laterales. No se ven, y entre ellos hay restos de numerosos beatos mártires. Lo único que inquieta aquí es ver las goteras y humedades de que adolece todo el monumento, por falta de mantenimiento por parte de Patrimonio Nacional.

 

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¿Por qué no permiten exhumar a los difuntos que fueron llevados sin consentimiento familiar?

Para el traslado de todos los restos identificados tras la guerra se contó en su momento con consentimiento familiar cuando fue posible, contactando directamente y dando en todo caso la máxima publicidad al procedimiento con los medios de la época. Actualmente, el estado de los restos hace imposible materialmente la separación individual de unos y otros, por lo que numerosas familias se oponen a que se perturbe el descanso eterno de los suyos para buscar otros restos. Además, algunos casos mediáticos que reclaman la exhumación de sus familiares no tienen siquiera acreditación de que estén aquí.

 

¿Son los monjes propagadores del espíritu franquista?

Ni por asomo. La comunidad benedictina de monjes de la Santa Cruz es una comunidad religiosa que tiene encomendado orar, y así hacen cada día desde hace más de sesenta años, por el alma de los difuntos de ambos bandos de la Guerra Civil que aquí reposan. Son hombres de Dios que viven fuera del mundo y enteramente dedicados a los demás, no ha lugar en su vida para la política. Para comprobarlo, basta hablar con cualquiera de ellos -es muy fácil encontrarlos en el Valle- y observar el afecto, la hospitalidad, la humildad y la paz que desprenden en sus miradas, en sus actos y en sus palabras.

 

¿Es verdad que los monjes están aquí ilegalmente y no cumplen sus obligaciones?

Todo lo contrario. Desde el año 1957, por el Decreto-Ley de 23 de agosto de la Jefatura del Estado que crea la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, tienen encomendada la custodia de este lugar y de los difuntos inhumados aquí, la oración diaria por sus almas y por España y dirigir la escolanía, tareas que vienen cumpliendo con la máxima diligencia, como puede comprobar personalmente cualquier persona que visite el Valle.

 

¿Es el Valle un monumento a la guerra y el Franquismo?

Quienes afirman eso es que nunca han visitado el Valle. No hay en ningún lugar del mismo símbolos que supongan exaltación del Régimen de Franco ni ninguna referencia política; todo el conjunto se construyó cuidando el espíritu de reconciliación entre los españoles de los dos bandos tras la guerra. Hasta tal punto que todas las esculturas que portan espadas lo hacen con la hoja y la punta hacia abajo, en símbolo de paz.

No es un monumento a la Guerra Civil, como dice Google Maps, es un monumento a la paz y la reconciliación entre los españoles, porque caídos de ambos bandos de la contienda descansan aquí bajo la sombra protectora de la Santa Cruz, el símbolo más importante de la historia, base de nuestra cultura europea cristiana y en la que creían por encima de todo los vencedores de la Guerra Civil, que otorgaron a sus enemigos caídos el mismo trato que quisieron para los suyos.

 

 

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Guía práctica

El Valle de los Caídos pertenece a Patrimonio Nacional, y en su web puede encontrarse información sobre entradas y precios: https://tickets.patrimonionacional.es/es-ES/informacion-recinto/15/valle-de-los-caidos

De todas formas, no se necesita pagar esta entrada si uno va a alojarse o comer en la hospedería, basta presentar la reserva en la garita del acceso al Valle. en esta web está toda la información: https://valledeloscaidos.es/

 

Texto y fotos: Ana Bustabad Alonso

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