OESTE DE MURCIA, FRONTERA DE CULTURAS

Oeste de Murcia, frontera de culturas

Texto y fotos: Ana Bustabad Alonso

Ni a su costa bañada por dos mares, el Mediterráneo y el pequeño Mar Menor, ni a su famosa huerta, ni a la espléndida Cartagena. Hoy te llevamos a descubrir una de las zonas más sorprendentes de Murcia, el oeste. Aquí se esconde la herencia de más de dos siglos de historia fronteriza.
Dice un amigo mío que ‘si callejeas por Caravaca, por la pequeña Cehegín o recorres la parte vieja de Lorca, no te hace falta saber nada de historia para descubrir la huella árabe en el trazado delicado de sus calles, en sus dulces, en el desorden abigarrado de los tejados, que parecen tapices de puro bonito’.
 
tejados de Caravaca
A las tres les sobra historia, y edificios espléndidos, y fiestas. Pero no hay nada como escaparse un día cualquiera, evitando muchedumbres, para descubrir tranquilamente sus rincones pequeños, para perderse sin prisas por estas ciudades de trazados sinuosos.
Cuentan las crónicas que, allá por el año 1.200, el ejército musulmán del reino de Granada llegó a la comarca del noroeste tomando Caravaca, por entonces un lugar fronterizo y despoblado que pretendía ser plaza fuerte del reino cristiano de Murcia.
Sobre el origen de la Cruz de Caravaca circulan leyendas e historias para todos los gustos. Probablemente la trajeron los caballeros templarios de Jeruralén o Constantinopla. A principios del siglo XIII figuraba ya en el escudo de la ciudad, y desde entonces ha sido venerada.
Caravaca desde el santuario
Se dice que guarda en su interior un auténtico lignum crucis, es decir, una astilla de madera perteneciente al leño donde fue crucificado Cristo. A ella se atribuyen milagros, liberaciones de cautivos, conjura de tormentas.
Una peculiar costumbre es el ‘retoque’. Dicen que la cruz bendice todo lo que toca, así que, cuando los fieles compran una, se aseguran de esperar al final de la misa, para pasarla por la superficie de la cruz original. De esta manera, su pequeña cruz queda ‘retocada’.
fachada barroca del santuarioLo cierto es que en el santuario de la Vera Cruz se celebra cada siete años un jubileo perpetuo, privilegio que sólo tienen otras cuatro ciudades en el mundo. El próximo año santo, 2010, espera la visita de casi un millón de peregrinos de toda la cristiandad.
Del santuario destaca la fachada barroca, elaborada con piedra de la zona, y el museo que hay en la primera planta, que contiene piezas tan importantes como un retablo de Hernando de Llanes o una casulla con tela de seda musulmana, del siglo XV, la más antigua de la diócesis de Cartagena.
En verano hay visitas nocturnas al castillo-santuario, ambientadas en pleno siglo XVIII, con un recorrido que traspasa el recinto amurallado y llega hasta el barrio medieval, con sus callejas empinadas.
Subir a la torre del Conjuro permite una vista espléndida de la ciudad. Entre los tejados destaca la torre de la iglesia del Salvador, obra cumbre del Renacimiento murciano.
Antiguamente, durante toda la época de cosechas se subía la Santa Cruz a la capilla del Conjuro, desde donde se bendecían los campos al amanecer. Esta costumbre se mantiene dos veces al año, en mayo y octubre.
      

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