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| LA HABANA VIEJA QUE ELLOS ME ENSEñARON A AMAR |
La Habana Vieja que ellos me enseñaron a amar
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Texto: Federico Ruiz de Andrés; Fotos: Ana Bustabad Alonso Camilo es alto y algo desgarbado. Pero lo tuvo que ser más cuando sintió en sus carnes el orgullo de la vanguardia hace cincuenta y tres años. Tez morena, desdentado y pelo cano, recortado. De mirada perdida en la infinidad grisácea que se muestra ante nosotros en el Malecón. Una cicatriz cae de pómulo hacia boca emprendiendo una carrera que venció quien más vida dio a la bondad.
![]() En pleno golfo de México, con una temperatura ambiente que se asemeja a la que todos llevamos dentro, Camilo siente hoy la responsabilidad de mostrarme la realidad de La Habana, una ciudad que muestra su fortaleza y vitalidad pese a un entorno lúgubre de dureza infinita.
El aeropuerto José Martí apenas sale en la noche a recibirnos. Se le intuye, está ahí, pero a duras penas se le ve. Es de noche, oscura como la cinta que devuelve a sus dueños las maletas en la Terminal internacional. Y afuera, la humedad infinita y el tenue calor que te hace redescubrir que estás vivo… y en las Antillas. En Cuba, la más grande de todas.
La Habana nos recibe a media luz siendo optimistas, tenue absoluta para el resto.
El coche te enfila hacia el hotel y vas atravesando anchas avenidas apenas transitadas por vehículos. En una de ellas nació nuestro Camilo. Fue en una de estas calles que ahora acogen a parejas que sonríen y, de la mano, trazan evidentes signos de su pasión.Camilo era mecánico de automóviles. Ahora no. Ahora sólo sueña con tener un final feliz, arropado en su familia, en su barrio, sus recuerdos, sus amigos.
Cuenta Camilo que la vida es dura y habla de los sueños. Mas los sueños, sueños son.
Setenta años le escoltan y me cuenta cómo conoció a Merry, sus paseos por esas amplias avenidas, un helado compartido de Coppelia, allá en lo que llaman la Rampa, un domingo cualquiera, el día en que una copa de ron le animó a pedir matrimonio a su Merry, habanera y cajista de imprenta.
Los padres de Merry dedicaron su vida al tabaco. Lucharon por seguir adelante. Tuvieron dos hijas, Lucy y Merry. Las dos niñas nacieron en Pinar del Río, al este de La Habana, rodeadas de un ambiente tabaquero.
Los meses de abril y mayo viven la gran feria de la cosecha y la siembra, allá en la ‘Cenicienta’, aquella provincia perdida de Dios en tiempos del Imperio gringo. El valle de Viñales les dio la infancia, al cuidado de las plantas de tabaco. Hoy aquellas tierras han cambiado, y es uno de los destinos turísticos que el gobierno cubano está potenciando.
Ahora el turismo desempeña un nuevo y grande papel. El Mirador es un ejemplo de ello. Con la tierra de promisión que constituyen esas vistas tan espléndidas que desde la instalación ‘Los Jazmines’ nos promete. Y ya abajo, en el valle, el entorno del Mural de la Prehistoria, con sus bueyes y caballos, una amplia zona de restauración da un toque de modernidad que no es sino el prólogo de lo que será este nuevo polo turístico.
![]() Merry soñaba con la capital y antaño, no es capaz de decir cuándo, su familia sintió la llamada capitalina. Y allá se fueron.
Habitaban una casa en el límite del barrio del Vedado, rozando la zona de Miramar, en un entorno salpicado de edificios nacidos a mediados del XIX y, más tarde resurgidos de sí mismos en las décadas de los veinte y los treinta del pasado siglo. Villas con jardín, que en una, dos o tres plantas significaban un ejemplo del progreso que vivía la economía cubana de aquellos años.
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| EXPRESO | 19/06/2010 | |
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El coche te enfila hacia el hotel y vas atravesando anchas avenidas apenas transitadas por vehículos. 





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