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En ruta por los pueblos más seductores de Midi-Pyrénées

Texto: Manuel Bustabad Alonso. Fotografías: Pilar Alonso Canto.

Midi-Pyrénées -su nombre compuesto- nos anticipa la variedad del territorio, en historia, en cultura, y en las huellas que sus habitantes y peregrinos han ido dejando en esta región francesa. Tienen en común sus ocho Departamentos el recuerdo cátaro y sus leyendas y su herencia occitana pero, sobre todo, sus profundos valles y los ríos que caminan por ellos, verdadero elemento vertebrador del paisaje.

Rocamadour - vista desde L'Hospitalet

De extensión superior a Suiza o Dinamarca, esta región se unió definitivamente a la antigua corona de Francia en el siglo XIII, el pontificado y los barones franceses terminaron con la herejía cátara y comenzaron su leyenda. Encorsetada por las cuencas mediterránea y atlántica, y viviendo de espaldas a ellas quizá más que a la vecina España, separada y unida por los Pirineos, nexo y barrera al mismo tiempo.

Tierra salpicada de ciudades fortificadas -las famosas bastidas, unas 500 en esta región- desde la guerra de los Cien Años, que entre los siglos XIV y XV enfrentó a Francia e Inglaterra; su paisaje, sus rincones y su gastronomía lastran nuestro viaje y nos obligan a concentrar una visita de tres días en apenas dos o tres departamentos.

En ellos intuiremos una pequeña parte de lo que se esconde al viajero apresurado, lo que se ofrece al visitante generosamente si decide detenerse.

La principal ciudad de Midi-Pyrénées es Toulouse, y su aeropuerto internacional el modo más rápido de llegar hasta ella. Desde él, mirando de reojo a esta ciudad, reflejo del mejor renacimiento y refugio de republicanos españoles en tiempos no muy lejanos, partimos en coche hacia nuestro primer destino, Cahors.

Separada de Toulouse por 112 kilómetros, la mayoría de ellos por la vía rápida que une esta ciudad con París, Cahors nos espera tras un agradable viaje de menos de dos horas a través de los campos de pasto y trufas.

Esta pequeña ciudad de 20.000 habitantes nacida en tiempos romanos -conserva unas termas galorromanas de esta época- se convirtió en el siglo XIII en una importante plaza financiera gracias a su ubicación estratégica en el eje norte-sur francés y como paso del camino de Santiago francés.

Cahors - miércoles de mercadoAdemás, el mecenazgo del futuro papa Juan XXII ayudó a consolidarla como un punto de referencia en aquella época de guerras religiosas. Quedan de aquellos tiempos la torre Saint-Jean, y la catedral Saint-Etienne, de las que disfrutamos paseando entre sus calles; nada parece alterar la tranquilidad en Cahors.

Pero el verdadero elemento integrador de Cahors es el río Lot, que rodea la ciudad protegiéndola salvo por el norte.

Tranquilo y pausado transcurre por debajo de sus cuatro puentes de distintas épocas, aunque el viajero -y nosotros también- se fijará especialmente en el Valentré, herencia de la guerra con los ingleses y emblema de Cahors.

Allí cerca, al lado de la estación de tren que nos traslada al siglo XIX, descansaremos en el Grand Hotel Terminus, y cenaremos en su restaurante Le Balandre, donde no nos arrepentimos de aceptar las sugerencias de su sommelier Laurent, hermano y socio de Gilles Marre, chef cuisinier.

Ambos son responsables del ambiente selecto y familiar del restaurante, así como del delicado foie gras que degustamos antes de probar el cordero con habas, una de sus especialidades. Sus esposas, que regentan el Grand Hotel Terminus, son las artífices de las mermeladas caseras que, al día siguiente, en un magnífico desayuno, nos preparan para seguir viaje.

Antes de salir de Cahors, visitamos el mercado que se celebra los miércoles y los sábados -especialmente este último día-. Nos perdemos más de una hora entre puestos de frutas, vinos, quesos y verduras situados en plazas y calles espaciosas que facilitan el paso holgado. Llaman la atención los cestos de mimbre que se utilizan aquí para la compra, y que permiten distinguir a lugareños de turistas.

A través de carreteras no muy anchas y mal indicadas, rodeados de campos de trufas, nos adentramos en el Parque Natural Regional de Causses du Quercy, y que no abandonaremos ya en todo el día. Visitamos Bouzie, a unos 28 kilómetros de nuestro punto de partida de hoy, para realizar un pequeño crucero a través las aguas navegables del Lot, entre paredes verticales.

Menos de 7 kilómetros nos separan de Saint-Cirq Lapopie, pueblo destacado con el título de La Association Les Plus Beaux Villages de France (literalmente, Asociación Los pueblos más bellos de Francia), que acoge a pueblos rurales franceses de menos de 2.000 habitantes -éste tiene unos 250-, con al menos dos monumentos protegidos.

Rocamadour - tiendasLo que más impresiona, sin duda, es su ubicación, integrado en la ladera del valle, con el río Lot a los pies, creando una bella y serena estampa.

Deshaciendo unos kilómetros del camino, retomamos durante unos 70 kilómetros la vía rápida que, en dirección norte, nos lleva hasta Rocamadour.

Tras desviarnos de la carretera principal, a los pocos minutos -hemos sintonizado una emisora de radio con canciones populares francesas que ya no abandonaremos- un túnel excavado en la roca nos anticipa una visión vertiginosa.

Al otro lado del valle, a pocos metros en horizontal y separado por un vertiginoso acantilado, se levanta esta hermosa ciudad medieval, construida literalmente en vertical sobre la pared de roca; coronando el cauce de un demacrado río Alzou.

Rocamadour, Rocamadour. Su visión desmiente de inmediato la imagen fatalista y oscura que Cortázar asoció a su nombre, y con el sol de mediodía, que está a punto de empezar a ensombrecerla -mejor fotografiarla por la mañana- se nos aparece pintoresca y alegre.

Principal destino del turismo francés tras el Mont Saint Michel normando, está construida en cuatro niveles sobre el acantilado: abajo el río, a continuación las viviendas, hoy convertidas -cómo no- en tiendas de recuerdos para turistas, y decoradas en consonancia con lo que se espera de una ciudad medieval -recién reformada, eso sí-.

Rocamadour - Frescos en Saint Michel (s. XII)Desde sus calles los peregrinos subían a veces de rodillas los 216 escalones de Vía Crucix para ascender hasta la Plaza de los Santuarios. En ella, la capilla de Notre Dame, con su Virgen Negra, talla de madera que data del siglo XII, comparte protagonismo con una espada clavada en la roca. Se dice que es Durandal, legendaria arma del héroe épico y quizá mitológico Roldán.

Seis santuarios más se acumulan en la abrumadora plaza (la basilique St.-Sauveur, santuario del siglo XII, adosado a la roca; la crypte St.-Amadour, donde se venera el cuerpo del santo, y las chapelles de St.- Jean-Baptiste, St.-Blaise, Sainte-Anne y St.-Michel, ésta con unos maravillosos frescos del siglo XII que representan la Anunciación y la Visitación).

En el nivel superior, un castillo fortaleza del siglo XIV corona el conjunto, y ofrece unas vistas espectaculares. Un ascensor une el último nivel con la base de la estructura, donde está la principal calle comercial, ofreciendo descenso al piadoso y ascensión al profano.

Nosotros subiremos en él tras comer pierna de cordero de Quercy en el restaurante Jehan de Valon, con habas blancas -aunque también con patatas- y panceta. Curiosa aportación la del cerdo en la gastronomía de Midi-Pyrénées, donde en ningún caso es personaje principal y pocas veces secundario, aunque sea imprescindible en la recolección de trufas por los interminables campos de encinas.

Sí aparece necesario el foie gras en las cartas, y en nuestros platos, con chutney -en este caso de fresas-. Lo degustamos sin dejar de observar la pared vertical que separa la ciudad del río bajo nuestros pies. Tras el foie y el cordero, el fromage, queso de cabra de Rocamadour con nueces y postre, suficiente para reponer fuerzas y afrontar la tarde.

Le Rocher de Aigles - cuidador alimentando a polluelo de águilaDesde antes de terminar los dos kilómetros que nos separan de La borie d'Imbert, granja ecológica y quesería donde se recrean las condiciones de vida y trabajo de sus antepasados, nos alcanza por sus curvas estrechas el olor a pan, queso y animales, pero también el de los prados de lavanda que rellenan los huecos entre el labradío.

Nos entretenemos con patos, ocas, cabras, gatos, y sus crías, todas ellas en comuna ajenas a su futuro dispar, mientras Severine nos cuenta cómo viven tanto de subvenciones como de su propia producción y del turismo.

Tras comprar sus quesos y patés nos dirigimos a Le Rocher de Aigles, exhibición de vuelo que, entre el mediodía y primeras horas de la tarde, ofrece al visitante la oportunidad de observar la majestuosidad de decenas de especies de aves, rapaces o exóticas o ambas cosas. Vemos por último a los polluelos que algún día surcarán los cielos de Rocamadour recibir la cena de sus cuidadores, amenazantes -aquéllos- pero indefensos.

Terminamos el día apenas a 11 kilómetros, en Lacave, donde en la confluencia de los ríos L'Ouysse y la Dordogne, a los pies del impresionante Chateau de Belcastel, se encuentra el oasis de tranquilidad que rodea el Pont de l'Ouysse, un pequeño hotel de lujo donde descansar merecidamente tras el largo viaje.

Antes, cenamos en el jardín, entre el sonido del río y los árboles, de los que cuelgan lámparas de luz tenue, y con la visión sosegada del puente inútil que da nombre al lugar. Al fondo, apartada, la piscina, como queriendo no molestar al viajero.

Probaremos la comida y deliciosa, y el amable trato de los anfitriones de este hotel caro, exclusivo y acogedor. Entre los huéspedes distinguimos no pocos afortunados perros viajando con sus amos y aposentados también en sus cómodas habitaciones con terraza individual.

Lacave - Puente sobre el río OuysseMadrugamos sin rencor, pues tras el desayuno nos dirigimos a Roquefort, lugar emblemático para los amantes del queso, del que nos separan más de 200 kilómetros de autopista -tras deshacer algunos por retorcidas carreteras comarcales-.

Después de tres horas en dirección este, y justo tras superar con dificultades el vertiginoso viaducto de Millau -verdadera joya de la ingeniería, que más tarde tendremos oportunidad de observar en detalle desde el suelo seguro- nos desviamos de la autovía.

Encaramos la subida al mítico pueblo, situado en la ladera de una montaña derruida, donde el frío de la mañana y el viento nos hacen abrigarnos para visitar las cavas del queso más famoso.

La fábrica-exposición de Gabriel Coulet, empresa de origen familiar, es hoy una de las pocas productoras de Roquefort -la ley prohíbe la elaboración de este queso salvo a siete u ocho empresas, y ni los propios habitantes, que viven sobre suelo propicio, pueden elaborarlo-.

Aquí nos explican los detalles sobre el proceso completo, desde la recolección de leche de sus particulares ovejas, hasta que lo hallamos en sus mostradores a algo menos de 20 euros el kilo -en el siguiente pueblo lo encontraremos ya a 25, y seguirá subiendo según nos alejemos-.

Millau - viaducto de MillauCon el olor del frío y del queso, recorremos el pueblo, sin rastro de artesanía, dominado por los grandes carteles de los grandes productores mundiales de queso aquí concentrados.

Tras almorzar un plato de carne donde el único protagonista es de nuevo el queso volvemos sobre nuestros pasos, algo defraudados por la frialdad que imprime la impecable industria a un pueblo merecidamente visitado.

Ya por la tarde nos dirigimos a Millau, ciudad protestante atravesada por el río Tarn sobre el que extiende sus puentes. Ciudad de paso entre la capital francesa y el Mediterráneo, vio peligrar su economía hace unos años con la construcción de su viaducto que, evitando el desnivel de 400 metros entre la alta llanura y el fondo del valle, desvía la caravana de viajeros del centro a las afueras.

Lejos de suponer una amenaza, el puente atirantado que se levantó allí en la primera década del siglo XIX, y que con una alzada de 340 metros bajo sus vanos es el más elevado del mundo, se ha convertido en la principal seña de identidad de la zona, y hoy supone un importante foco turístico y una segura fuente de ingresos para sus habitantes.

Antes, Millau había sido un lugar de referencia en la elaboración de productos artesanos con piel y especialmente de guantes. Hoy en día conserva la fama y la calidad, concentrando la producción en fábricas totalmente profesionalizadas que surten de guantes a las principales y más caras marcas mundiales.

Esto supone dejar casi lugar ya -una vez más- al mercado y producción artesanos, aunque siga celebrándose una feria de artesanía en verano, la noche de los lunes, en el edificio del mercado. Recorremos la ciudad, con sus jardines de incienso y flores, un inminente museo del viaducto, y recorremos sus calles estrechas de tiendas preparadas para contentar al turista apresurado, que espera ver productos de marroquinería en los escaparates.

Nuestra última noche en Midi-Pyrénées la invertimos en el vetusto y señorial Chateau de Cresseils, donde cenamos, con tiempo para pasear por sus jardines y admirar la biblioteca de su planta baja. Por la mañana visitamos una de las 16 empresas que hacen guantes en Millau hoy en día. Aquí puede verse el proceso de fabricación completo de los productos que las firmas más exclusivas venderán el próximo año en Tokio, Nueva York o Milán.

Antes de irnos, a las diez y media, cogemos el autobús descapotable en la plaza Central, que nos llevará por los alrededores hasta las proximidades del famoso viaducto. Nos damos cuenta tarde de la necesidad de ir abrigados a pesar del buen tiempo. En poco más de una hora nos acerca por pistas escarpadas a múltiples puntos desde donde admirar la obra mastodóntica que, pese a su tamaño, se integra perfectamente en el paisaje sin contaminarlo.

Millau - dulce típicoAprovechamos la última comida antes de partir para visitar La Mangeoire, donde nos entregamos sin reservas al cassoulet, guiso de alubias con carne y grasa de ganso, además de carne de cerdo en cantidad y variedad suficientes para hacer justicia a su presencia en la zona, importante pese a la hegemonía de ovejas, cabras y vacas.

Es significativa también la ausencia de productos del mar en las mesas de estas tierras de Oc, pese a su cercanía al Mediterráneo, del que nos separan apenas 100 kilómetros.

La orografía montañosa y los valles abruptos dificultaron antaño el contacto con los pueblos del mar lo suficiente para que las costumbres se impermeabilizaran.

Poco después, con el tiempo justo, salimos hacia Toulouse donde cerraremos el triángulo que nos ha llevado por estas tierras variadas, de gentes amables y generosas. Hemos disfrutado de las huellas que han dejado sus antepasados y de los productos las han hecho famosas.

En la radio siguen sonando canciones de toda la vida, que cobran su verdadera dimensión al recorrer esta Francia interior, atrapada entre dos mares y de espaldas a los dos, manteniendo viva la herencia de los siglos y de su cultura.

 

Agradecimientos:

Comité Regional de Turismo de Midi-Pyrenées

Maison de la France