DESCUBRE
 
jueves 19|10|2017

Peljesac y Konavle, las tierras fértiles que alimentan a Dubrovnik

Texto y fotos: Manuel Bustabad Alonso y Esther Moscoso Vidal

Paradigma absoluto del concepto de ciudad postal, Dubrovnik, a diferencia de otras, sorprende al viajero con la vida de sus calles, su gastronomía, pero también –salvo a aquél que desembarca de un crucero durante apenas dos horas- por su independencia cultural e intelectual en relación con los más importantes centros de influencia de la historia de esta vieja Europa.
 
Enclavada geográficamente en medio de todos los procesos imperialistas que desde los tiempos remotos definieron el carácter europeo, la ciudad más bonita de Croacia sucumbió incluso durante la Edad Media al acoso económico del reino de Venecia desde el noroeste, y por el sudeste al poder turco.
Y lo hizo fundamentalmente por la tenacidad de sus habitantes, poseedores de un indomable espíritu independiente; a la habilidad diplomática de sus dirigentes, que consiguieron independizarse del imperio de Hungría y mantenerse así como reino de Ragusa a fuerza de pagar tributos a uno y otro bando; pero también gracias a su capacidad para subsistir a partir de los recursos generados en su territorio.
Parece mentira que una ciudad cuya zona antigua –Starog Grada- está construida prácticamente sobre el mar y en la que la montaña pedregosa ocupa casi el total del estrecho territorio que separa el Adriático de Bosnia o Montenegro, haya dispuesto de recursos suficientes para un autoabastecimiento sostenido y constante durante los siglos que, de manera más intermitente de lo que habrían deseado la mayor parte de sus habitantes, ha permitido a Dubrovnik mantener su independencia.
El abastecimiento de agua potable a la ciudad se realizó desde siempre mediante conductos que permitían que el agua bajase desde la próxima montaña. El alimento, por otro lado, procede fundamentalmente de tres fuentes principales.
Primero el mar, que ofrece interminables alegrías a los croatas de la Dalmacia en forma de calamares, moluscos o pescados de aguas tranquilas. Ragusa, con sus innumerables islas es una ciudad y un entorno que mira constantemente al Adriático.
En segundo lugar, la península del Peljesac, lengua de tierra que se extiende al norte casi enlazando con las islas y que destaca desde siempre por su producción vinícola además de por su posición estratégica en la defensa del reino.
Por último, el rico valle de Konavle, en el sureste de Dubrovnik, que abastece a la región de los productos de la tierra y de la carne necesaria para la supervivencia.
Así que, pese a las bondades de la vieja ciudad, del ajetreo de sus calles ya en el barrio de Pile o en el marítimo Gruz, después de varios días comprobando como invariablemente los cruceristas que llegan a miles todos los días a esta ciudad invaden las calles del centro convirtiéndolas en un gran centro comercial, decidimos recorrer durante un par de jornadas ese entorno rural que produce tanta riqueza como aquí observamos.
Para aprovechar al máximo los pocos días de nuestro viaje, escogemos dos de los programas de la agencia receptiva Expedia Travel. El primero, destinado a los amantes del vino, nos traslada por un día a la península de Peljesac, una de las principales productoras de vino de Croacia, en la misma región de Dalmacia. El viaje no puede ser más cómodo. Nos recogen en el hotel, y una guía que habla español nos acompaña en nuestro recorrido por los viñedos, por las bodegas, donde tenemos la oportunidad de charlar con los productores.
Las vistas desde el coche en el recorrido hacía la península del Peljesac nos dejan en la retina unas imágenes impresionantes. Salimos por el Puente Nuevo Tudjman, que recibe el nombre del primer presidente de la reciente República de Croacia con una maravillosa imagen de la península de Lapad y el puerto de Gruz.
A medida que nos alejamos, nos sorprende el contraste entre la montaña y la costa de Dalmacia con sus islas. Hay más de 1.200. Cuentan los lugareños que cuando Dios creó el mundo, tenía tantas piedras que no sabía que hacer con ellas, por lo que decidió dejarlas en el Adriático.
Muchas de estas islas merecerían un viaje por ellas mismas, como por ejemplo Korčula, una de las más grandes del Adriático, separada apenas 900 metros de la península del Peljesac a la que nos dirigimos, y en la que es probable que haya nacido Marco Polo. Así lo afirman sus habitantes. Su capital, del mismo nombre, es una bonita ciudad amurallada casi toda peatonal fundada -según el mito local- por Antenor, consejero de Príamo en su huida de la Troya tras la toma de ésta por los aqueos.
Otra isla magnífica que tendremos que visitar –no en esta ocasión- es Mljet, donde Odiseo pasó 7 años conviviendo con Calipso a su regreso de la guerra de Troya. Tiene un único hotel, el Odisej en su esquina noroeste. Tiene varios lagos interiores y en uno de ellos una isla con un monasterio benedictino. Se puede llegar en ferry o catamarán desde Dubrovnik.
Pero nosotros nos dirigimos al Peljesac por las serpenteantes carreteras dálmatas. La península es muy montañosa, tanto que la nieve se concentra en la cima de las montañas durante el invierno a pesar de ser una lengua de tierra de pocos quilómetros de ancho que emerge del mar.
Nos adentramos casi hasta el final de la península, sorteando montañas, y lo primero que visitamos es la bodega ‘Matusco’ en la región llamada Dingac. Es la más grande y la más famosa de la zona. Matusco es una familia dedicada al cultivo de la vid y la producción de vino desde hace siglos, pero se ha adaptado perfectamente a los nuevos tiempos.
Actualmente es una nueva bodega construida en 1998, que tiene una capacidad de 4500 litros y que ha sido modelada a imagen de los ‘chateau’ de Francia. Matusco produce vinos de ‘Malí Plavac’, una uva tinta morada. Esos son los vinos premium Dingac y Postup, así como vinos de alta calidad Plavac Mali, Plavac Matuško, Rukatac, Chardoneay y Posip. Recientemente se ha elaborado aquí el primer espumoso del sur de Dalmacia, ‘Don Mateo’. Dentro de la bodega también hay instalaciones para la producción de aceite de oliva extra virgen.
Los vinos croatas son fundamentalmente tintos, de calidad más que aceptable y unos precios no inferiores a los vinos españoles. Un tinto joven de buena calidad cuesta unos 7 euros en bodega.
      

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