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martes 23|07|2019

Espejismo de Hammamet

Vuelve el Hotel Lella Baya

Texto: Federico Ruiz de Andrés. Fotografías: Andrea y Javier Ruiz Camazón

La ilusión óptica, el espejismo, se nos presenta en el corazón de la nueva Hammamet, Túnez, en un enclave turístico más conocido como Yasmine. Y allí, en su seno, la cadena española Vincci gestiona desde hace algún tiempo el hotel Lella Baya; una instalación que juega con el huésped al espejismo: la esencia de las mil y una noches.

Exterior del hotel desde la playa

Yasmine-Hammamet, a unos ocho kilómetros de la localidad que le diera el nombre, es una zona, un polo de atracción para el turismo, con todos los servicios puestos a disposición de éste: los supermercados, el puesto de correos, el de policía, sus pubs, sus restaurantes, sus comercios, su moderna marina,...

Detalle del interiorPor menos de medio euro, unos cuatro euros si se opta por el taxi, es fácil desde Yasmine acceder en autobús urbano hasta el centro de la vieja Hammamet; una ciudad costera que vivió grandes momentos y que ahora ve cómo el antiguo fuerte español es un gran reclamo para turistas amantes de la arquitectura militar.

Pero también para quienes quieran tomarse el mejor té a la menta de Túnez, que no es otro sino el que se sirve en su café moro Sidi Bou Hadid, un majestuoso café con vistas a la bahía y en el que acompasar unas caladas de shisa con la inmejorable puesta del sol que el café moro, con sus esteras y sus árabes melodías, ofertan a buen precio.

Lella Baya; el espejismo no es sino una ilusión óptica, y el hotel se erige en él, con arquitectura sahariana, imponente y sugerente, para los miles de turistas que hasta aquí llegan. En su exterior, una caprichosa arquitectura con claros tonos de adobe y un pronunciado sabor moruno.

Ya dentro, este magno, impresionante hotel nos recibe en un espectacular vestíbulo en el que el teatro, Aladino, hace de prodigioso guía por sus cientos de recovecos en los que los pasillos de acceso a las habitaciones sirven de balcones a una realidad virtual no sólo sugerida, sino mostrada al detalle como espejismo a los visitantes.

Dos centenares y medio de habitaciones en el marco de tres hectáreas de extensión, en primera línea de playa.

Por el vestíbulo son decenas de trabajadores quienes deambulan en sus menesteres, aderezados con los atavíos que conforman su especialidad o categoría. Todos son capaces de chapurrear el idioma de su interlocutor.

Piscina 

En sus exteriores, un jardín y un par de piscinas que, pese a sus grandes dimensiones, quedan cortos en un espacio por el que compiten ciudadanos procedentes de la vieja Europa, de la nueva y oriental Europa y de países hermanos a Túnez en el norte de África. Así, la piscina se debate en acoger ciudadanos que visten bikinis, trikinis o misteriosas damas musulmanas recubiertas en su totalidad.

Hall del hotelCon una ágil recepción, el check-in se realiza rápidamente, una vez cubiertos los engorrosos formularios gubernamentales. Más, el papel está caro en Túnez y el huésped no puede acceder a un folleto; ni en recepción ni en las habitaciones.

Imposible hacerse con la descripción de la instalación. Y en las habitaciones no hay referencia informativa alguna acerca de los servicios a los que poder acceder, ni plano del hotel ni nada.

Volvemos al vestíbulo, a ese magno imperio de las mil y una noches tunecinas. Allí, una variada colección de antigüedades se exhibe ente el recién llegado.

El diseño general es bastante impactante, y bastante bueno además, dotado de una mágica concepción del espacio escénico, conjugado en una melodía entonada a ritmo de ‘horror vacui' en la que cada elemento que se muestra, emprende una danza simpar con el de al lado.

Todo casa, todo es bonito en este museo de tradiciones y objetos populares, procedan o no de Túnez, pero que dejan al huésped con una pronunciada sensación de pulcritud y preciosismo visual. Parecen objetos atesorados tras el atrezzo de la última producción de Indiana Jones. Pura tramoya y encanto.

      

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