A BORDO
 
lunes 26|08|2019

Camino de la Soria de Machado en el tren Campos de Castilla

Ecos de Alvargonzález en la Laguna Negra

El domingo es el momento de subir hasta Vinuesa, donde aún resuenan los ecos de ‘La Tierra de Alvargonzález’, que se recuerda a través de una actividad teatralizada, y de conocer la misteriosa Laguna Negra.

La carretera de Burgos nos lleva hacia las fuentes del Duero, ‘que nace en los Picos de Urbión, provincia de Soria’, cantábamos en la escuela. El mismo camino que recorrió Machado hace un siglo:

‘Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando a nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba a dorar. Soria quedaba a nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barbacana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno a Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo...’

Atravesamos el monte de Valonsadero, donde vacas y caballos disfrutan en libertad. Cruzamos el valle, en paralelo al extinto ferrocarril Santander – Mediterráneo, para tomar un desvío a la derecha en Cidones, donde comienza una carretera escoltada de robles.

Allí descubrimos el Club Náutico del embalse de la Cuerda del Pozo, el primero del río Duero, a 47 kilómetros de su nacimiento. Cuentan los vecinos que la noche de Todos los Santos se escucha nítida la campana de la iglesia de la Muedra, anegada para siempre bajo sus aguas, como el resto del pueblo.

Vinuesa nos recibe con sus calles empedradas de casas tradicionales, justo en la falda de los Picos de Urbión. Aprovechamos para hacer una previsora visita al aseo, preparándonos ya para la subida a la Laguna Negra.

El grupo teatral Tizona nos traslada en el tiempo, con una teatralización del poema machadiano ‘La Tierra de Alvargonzález’, un famoso Romancero dedicado a Juan Ramón Jiménez.

Y, por fin, nos espera el Parque Natural de Sierra de Urbión y la Laguna Negra, auténtico escenario del poema, un lago glaciar entre ‘Pinus Silvestris’ y algún tejo milenario, en el bosque más grande de la Península Ibérica, con más de 100.000 hectáreas de aire puro, tantas veces nevadas.

Un último vistazo al Duero

De regreso a la ciudad, y antes de emprender viaje de vuelta a bordo del Tren Campos de Castilla, todavía hay tiempo de un último vistazo al Duero.

Por qué no siguiendo los pasos de Machado y asomándonos al mirador del Mirón y su pequeña ermita, escenario de largos paseos con Leonor, junto a los lienzos de la antigua muralla, uno de los mejores lugares para ver el río.

O más cerca del agua, para visitar el original claustro del monasterio de San Juan de Duero, antiguo cenobio de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén.

Una de las rutas preferidas del poeta es la que acompaña al río desde las ruinas de San Polo, antiguo cenobio templario, hasta la ermita de San Saturio. Un paseo largo y romántico cuajado de árboles.

‘Estos chopos del río, que acompañan/ con el sonido de sus hojas secas/ el son del agua, cuando el viento sopla,/ tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas.’

Al templo de San Saturio se accede por una escalinata empinada. Aquí, sobre la gruta en la que según la tradición vivió el patrono de la ciudad, junto a la imagen más emblemática de la capital soriana, Machado recibió el último homenaje de Soria. Fue en 1932, cuando la ciudad lo nombró ‘Hijo adoptivo’.

Machado lo agradecía con estas palabras: ‘Nada me debe Soria, creo yo, y si algo me debiera sería muy poco en proporción a lo que yo le debo: el haber aprendido en ella a sentir a Castilla, que es la manera más directa de sentir a España. El hijo adoptivo de vuestra ciudad, ya hace muchos años que ha adoptado a Soria como patria ideal’.


      

La verdad es que apetece.

La verdad es que apetece. Trataremos de programar un viaje en tren desde Galicia a Soria con lectura de Machado que nos dure para la ida y para la vuelta.
Hasta pronto.

Tal y como lo cuentas,

Tal y como lo cuentas, apetece subirse a ese tren y viajar en el tiempo para conocer los lugares de Machado. Precioso texto!

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