AZUL MARINO
 
lunes 26|08|2019

La Costa Azul más portuguesa

El contrapunto lo ponen las bodegas tradicionales, como las Caves Velhas de Fonseca, en Vila Nogueira de Azeitao, en las que descubrir el singular proceso de elaboración de los caldos. Es ésta una zona señorial, cuajada de antiguas fuentes de colores y frondosas quintas amuralladas, algunas convertidas en estalagem, como la Quinta das Torres. Casi todas ellas cuentan en su interior con los clásicos azulejos pintados a mano.

Azules que recuerdan el pasado árabe de la Península Ibérica, amarillos, símbolo del oro portugués, verdes y sepias son los colores utilizados ancestralmente. Los mismos que aún se emplean en el horno de San Simao, en Vila Fresca de Azeitao, única fábrica tradicional que subsiste. Entre sus clientes se encuentra el emperador de Japón y cada uno de sus azulejos, elaborado con barro del norte del país, conlleva un proceso artesanal de varios meses.

Hacia poniente se extiende la Sierra de la Arrábida, declarada espacio natural protegido. De origen triásico, está formada por siete macizos de alrededor de 500 metros de altura que extienden su verdor sobre el océano y permiten panorámicas espectaculares.

Muy cerca del castillo de Palmela, población de origen árabe conquistada en 1148 por el primer rey portugués, vive uno de los personajes que forman parte de la historia viva de Portugal: Otelo Saravia de Carvalho. Desde su sencilla casita encalada, entre flores amarillas de brezo, este capitán de la Revolución de los Claveles vislumbra en los días claros Lisboa.

La carretera que atraviesa la Sierra en dirección al cabo Espichel guarda un secreto en cada curva. A pocos kilómetros de Setúbal se encuentra uno de los monasterios más singulares del mundo, el Convento de Arrábida, que se descuelga en cascada blanca por la ladera, muy cerca del pueblecito de Portinho.

Un poco más adelante, sin avisar, Sesimbra aparece hermosa, encarada frente al Atlántico; blanco de tejas rojas desafiando al azul. Descendiendo por sus calles de adoquines llegamos a una playa inmensa de terracitas al sol en el mismo centro del pueblo.

Se nota en el ambiente que es lugar de pescadores, aunque en verano ostente, además, la capitalidad nocturna de la Costa Azul. En sus travesías empinadas es fácil encontrar aún alguna Loja de Companha, donde los marineros se reúnen para reparar las redes, charlar, o saborear una caldeirada cuando no hay faena.

El castillo de Sesimbra domina desde lo alto de la villa. Desde la iglesia de Santiago, completamente recubierta de azulejos en su interior, se asciende a la fortaleza por un camino boscoso cuajado de margaritas.

Merece la pena detenerse un momento en uno de los bancos que jalonan el sendero y escuchar el silencio del pequeño cementerio, que mira al mar tras la muralla.

Llegar al cabo Espichel es una experiencia curiosa. Salvando el viento que azota sin tregua la costa, los restos de un acueducto nos llevan al santuario de Nosa Senhora, flanqueado por dos antiguos albergues de peregrinos que proyectan una sombra apocalíptica sobre la explanada.

Al otro lado del río Sado, donde la Costa Azul comienza a ser Alentejo, está la península de Troia. Un transbordador permite cruzar el estuario en pocos minutos, aunque también se puede recorrer la ría en uno de los antiguos cargueros de vela que se mantienen en funcionamiento.

Durante la travesía es habitual ver a alguno de los treinta ejemplares de golfinho -delfín- que viven en estas aguas. Si no ha habido suerte, los interminables pinares de arena blanca hacen olvidar cualquier cuestión mundana.

Con permiso de unos pocos atentados arquitectónicos que -dicen- tienen los días contados, los más de ochenta kilómetros de playas ininterrumpidas que se aquí comienzan, extendiéndose hacia el sur, hacen de esta península una auténtica delicia.

De la Costa Azul cuesta marcharse. Mucho menos antes, cuando en el aeropuerto de Lisboa nos esperaba el coqueto Beechcraft 1900D Castor. El más pequeño de la flota de Portugalia, que cubría la ruta desde Valladolid, aunando las comodidades de los grandes y el todo sabor de la aventura.

En cualquier caso, por cualquier medio, regresaremos, cualquier día, al mismo corazón del azul.

      

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