AZUL MARINO
 
martes 22|10|2019

La Costa Azul de los pintores (II)

Veinte años antes, en septiembre del 1946, el artista utilizó una parte de este edificio sobre las murallas, el Castillo Grimaldi, entonces museo de Historia y Arqueología, tras su reencuentro con su conservador Romuald Dor de la Souchère, que le propuso montar su taller en un ala del chateau. En esta nueva etapa la inspiración de Picasso juega con naturalezas muertas, con sátiros, faunos y centauros, con escenas de erizos de mar, pulpos, ristras de peces y pescadores en tierra. Tres meses en Antibes y un amor eterno.
Picasso, a la sazón ‘un robusto sexagenario de silueta un poco tosca e intensa vitalidad’, como lo describe Elena Ribera, se instaló allí con su nueva amiga, la joven y hermosa Françoise Gilot, embarazada de varios meses. En esta corta etapa realizó numerosas obras que, al partir, donó a la ciudad. Sumaban 23 pinturas y 44 dibujos.
Su producción refleja la alegría de vivir a pesar de las penurias de esa época de posguerra, en la que experimenta con nuevas pinturas y soportes, como fibrocemento o contrachapado. Pero su actividad artística no se limitó a la pintura. Durante su estancia en el castillo se inició en la alfarería Madoura de Vallauris, en las técnicas de la cerámica, a las que dedicó tanto tiempo en sus últimos años.
Entre 1946 y 1950 Picasso ofrece al museo numerosas pinturas, dibujos, grabados y cerámicas. Todo ello, además de los donativos de su viuda Jacqueline, enriquece esta exclusiva y excepcional muestra de su obra, que supera las trescientas piezas, y da pie a la frase que usan aquí: ’Si vous voulez voir les Picasso d’Antibes, c’est à Antibes qu’il faut les voir.’
El museo atesora además una importante colección de Arte moderno, pintura y escultura, en la que están representadas las grandes corrientes del arte del siglo XX. Dentro está prohibido hacer fotos. El servicio al público organiza un conjunto de actividades culturales alrededor de las colecciones y de las exposiciones temporales. Por otra parte, la asociación de los Amigos del Museo Picasso propone visitas, viajes, encuentros…, relacionados con la programación del museo.
Después de comprar un alegre fular, diseño del artista, y algunas menudencias, salimos del museo. A continuación de unas pequeñas rampas de bajada, bordeamos la obra de reposición de pavimento de la Place Mariejol en la que una cuadrilla de portugueses se afanan en la impecable colocación de su ‘pedra de calçada’. Al final de la corta rue Chessel recuperamos el presente en un breve paseo por el mercado modernista de la plaza Massena, mordisqueando una manzana.
Nuestras guías nos han reservado, como sorpresa, la visita a un tradicional establecimiento expendedor de absinthe, nuestro ajenjo, ese ‘licor picante de olor fuerte y sabor ardiente’, tan de moda en la Francia de finales del siglo XIX. Allí nos muestran los artilugios usados para su destilación y nos explican las distintas variantes de esta bebida alcohólica y aromática, que también se obtiene por adición de esencias, aunque el producto es más ordinario. Al fondo de la barra un aseo con cancilla de barrotes metálicos deja el retrete a la vista desde el espacio destinado al público. La dirección del Bar La Balade es 25, Cours Massena – 06600 Antibes.
Con el apetito ya a punto, aterrizamos en la terraza del restaurante Bastion, a los pies de la fortaleza Bastion Saint-André, que le da el nombre. En realidad estamos en el borde de un jardín, entre palmeras que salen de la arena remarcando al fondo los pinares de la Garoupe. Este magnífico escenario potencia (?) la degustación del risotto a continuación de la tempura de verduras con mayonesa. La cocina abierta de Mickael Bazile, dentro de un local con decoración moderna y elegante en tonos de rojo, negro y gris, propone una gastronomía variada con toque asiático de fondo. Acompañamos las viandas con un Chateau Maïme, vino rosado de 12,5% de Côtes de Provenza 2009.
 
CAGNES-SUR-MER
Con renovadas fuerzas nos disponemos al descubrimiento de Cagnes sur mer, ‘en el corazón de la Costa Azul’, subiendo directamente aux Collettes, una magnífica heredad plantada de olivos, en la que se ubica nada menos que la casa y el Museo Renoir.
      

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