AZUL MARINO
 
sábado 24|08|2019

La Costa Azul de los pintores (I)

Poco antes de la punta Bacon me alejo del mar, buscando cualquier calle que me lleve al faro de la Garoupe. Esta colina, coronada doblemente por un faro y una capilla, está colonizada en su totalidad y repleta de fincas, la mayoría privadas, con sus casas. Pero no sería correcto definirla como una urbanización muy arbolada, sino como un bosque con casas. Porque, desde la distancia, los edificios apenas se ven y tiene aspecto de zona silvestre. Y, realmente, los pinos, especie predominante, son más viejos que las casas.
Seguimos con las mismas sensaciones: todavía no ha llegado el momento y muchas viviendas están cerradas. Algún jardinero procura la puesta a punto y todo aparece vacío de coches. Predominan las vallas altas robando luz a los setos y se ve algún que otro letrero de venta.
El faro no es visitable y la ermita está cerrada, pero el paseo vale la pena: es bella la panorámica en dirección norte, con Le Vieil Antibes y su Fort Carré enfrente y el mar en calma. Lo contemplo sin prisa, con devoción, pero con esa íntima agitación de presentir que en ese mismo punto puso sus pies y se detuvo a gozar de la vista más de un genio de la pintura… Entonces comprendo que ese es el efecto perseguido en estos recorridos costeros jalonados de atriles.
Hago rápido la bajada, pero sin atajar por alguna vereda empedrada que se indica, en dirección a los jardines de la Pineda, cerrando así el anillo.
Abajo tengo el tiempo justo para las últimas fotos a la puesta de sol, mientras los más rezagados de la petanca aún recogen sus bolas.
Vuelvo al hotel suponiendo que entre los recorridos del día siguiente tendremos esta ruta y podré regodearme de nuevo con su belleza.
Conducidos por Beatrice Di Vita, jefa de prensa de la Oficina de Turismo de Antibes y Juan-les-Pins, asistimos a la cena de bienvenida en el Eden Casino, situado en el Boulevard Baudoin, en el marco del Festival Internacional de Magia de Juan-les-Pins.
La cena es magnífica, a lo que contribuye sobremanera el variadísimo y alto nivel de actuación de los magos, entre los que, por cierto, hay un paisano.
El desconocimiento de otros idiomas me hace sufrir. En la mesa, de nueve, me acompañan reporteros de Hungría, Alemania, Dubai, Canadá, India, Tailandia, Japón y Portugal. Las conversaciones son mayoritariamente en inglés. Trato de comunicarme con mi colega de la derecha, tailandesa, con mi pobre francés, pero ella es anglófona. No quedo totalmente aislado porque a mi izquierda están Ágnes Horváth, de Budapest, y Cláudia Silveira, de Lisboa, que pueden comunicarse ambas en cuatro o cinco idiomas, uno de ellos (uf!) el castellano.
Hasta mañana. 
 
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Agradecimientos:
 
      

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