AZUL MARINO
 
lunes 22|07|2019

La Costa Azul de los pintores (I)

Texto y fotos: Manuel Bustabad Rapa

Musa de pintores, encrucijada irrepetible del arte moderno, la Costa Azul francesa sedujo a genios como Monet, Picasso o Boudin, que montaban sus caballetes entre pinares salvajes y casas de pescadores, y hoy continúa siendo uno de los lugares más cautivadores del mundo. Te proponemos que nos acompañes a un recorrido en cinco etapas por ‘La Costa Azul de los pintores’.
Primer día.- Llegada y descubrimiento de Juan-les-Pins
El aeropuerto de Niza–Costa Azul, en la costa Sur de Francia, está al suroeste de la ciudad, en una planicie al nivel del mar con todo el aspecto de estar ocupando el antiguo delta del Var, río canalizado hoy día.
Llovizna. Es un viernes de marzo.
El chofer, puntual, me traslada raudo (soy el único pasajero del microbús, algún vuelo ha sido aplazado por el viento) al corazón de la Costa Azul, indicándome la presencia del hipódromo, que dejamos a la derecha, y revelándome que los apartamentos con forma de montañas en ‘Marina Baie des Anges’ son dos mil y su diseñador un arquitecto italiano. Me dice que Antibes y Juan-les-Pins son dos ciudades, pero su trabazón es tal que la trama urbana ha borrado los lindes de algún día.
Es mi primera vez y aún no he distinguido ese azul ‘especial’ del mar, arropado como está por las nubes.
JUAN-LES-PINS
Nuestro hotel es el Helios, en la Avenida del Dr. Fabre, en el centro de Juan-les-Pins, y allí nos reciben con amabilidad, asignándome la habitación 604, que tiene balcón a dos calles, con tumbona y todo, orientada ya al sol de la tarde.
Son las 13:00 horas. La primera cita es a las 20:30 para cenar con los colegas. Dispongo, pues, de siete horas y media a mi aire.
Con la satisfacción del tiempo libre, que me permitirá un relajado reconocimiento del terreno, doy los primeros pasos, que pronto me abren el apetito. Me atrae un puesto callejero que invade la acera, en el que un hombre de mandil verde abre ostras.
Resulta ser el reclamo del restaurante Le Festival de la Mer, en el 146 del Boulevard President Wilson, casi esquina a Guy de Maupasant. Decido una comida ‘sana’ a base de soupe legumes y moules marinières, eso sí, acompañada de un vino blanco, entre deux mers, que entona bien con las viandas. Total, incluyendo el café ‘noir’, 46 euros.
Me voy de paseo. Juan-les-Pins tiene playa, pero hoy está recogida. Sí, no es que esté enrollada, porque no es una alfombra, pero casi lo parece, con la arena amontonada en la parte alta, como esperando a que toda esa gente, que se afana acicalando tarimas y barandas, termine los preparativos en los chiringuitos para empezar otra temporada (de abril a septiembre, leemos en un cartel con el mismo nombre que nuestro hotel).
Aunque digo chiringuitos, los que veo no son construcciones provisionales, sino edificaciones sólidas que forman parte del entramado urbano. Me doy cuenta de que aquí los conceptos público y privado tienen otra dimensión, o al menos el uso de uno y otro.
Pronto me encuentro con una explanada de tierra, entre los jardines de la Pinède y la playa, en la que se aprecia expectación en torno a dos o tres grupos separados de jugadores de petanca.
De este juego sólo sé que se trata de aproximar las bolas de acero, lanzadas dos o tres por participante, a otra mucho más pequeña que parece de madera. Algunos espectadores tienen silla plegable y van cambiándose de sitio para observar mejor la partida, a medida que se traslada al arbitrio de los actores. Otros llevan metro enrollable para resolver lances dudosos. Y todos comentan y opinan.
Como queda mucho tiempo, pongo rumbo a la orilla Este de la península, enfilando la calle Chemin des sables y un pequeño tramo del Boulevard du Cap para, cruzando por la travesía de las Bouganvilleas, plantarme en el boulevard que recorre la costa hacia el sur.
Cada vez diviso mejor Le Vieil Antibes y su fortaleza y hago fotos al lado de algún atril. También se ve a lo lejos el complejo Marina Baie des Anges.
      

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