UN RECORRIDO EN SIDECAR POR LOS RINCONES DE LA VIEJA LISBOA
 
domingo 25|08|2019

Un recorrido en sidecar por los rincones de la vieja Lisboa

Hay más por toda la ciudad, pero Ginjinha Espinheira fue el primer establecimiento en comerciar una bebida que rápidamente se transformó en un ex-libris de la ciudad.
Ginjinha Espinheira
Una placa frente a la puerta cuenta la leyenda. Fue un fraile de la iglesia de Santo Antonio el que aconsejó al primer propietario, Espinheira -o más probablemente Espiñeira, si era gallego- que pusiese a fermentar guindas en aguardiente, añadiéndoles azúcar, agua y canela. El caso es que este licor dulce y barato enseguida se convirtió en la bebida típica de Lisboa.
Lo mejor de todo es que podemos aparcar la moto con sidecar en la misma puerta. Los viandantes se acercan y nos rodean, curiosos, mientras apuramos las últimas gotas de la dulce ginjinha. Alguno, incluso, se atreve a pedir que le dejemos dar una vuelta.
En medio de la expectación general, cedo a mi compañera el sidecar y me subo en la moto, detrás de Aníbal. Así seguimos camino hacia la parte baja de la ciudad.
En la plaza Figueira, la confeitaria Nacional, de 1829, acaba de celebrar 180 años de historia y ha diseñado un dulce especial para conmemorar la fecha. Además, cuenta con cafetería y está siempre muy concurrida.
confitería Nacional
Al otro lado de la plaza del Rossío está la tabacaria Mónaco, mucho más que un estanco. Antes de entrar en el local, estrecho, oscuro, hay que fijarse en los curiosos azulejos que representan a animales, como una cigüeña fumando un puro, o ranitas que leen el periódico.
Son obra del ceramista portugués Raphael Bordalo Pinheiro. En 1891, Raphael modeló también en cerámica algunas andorinhas (golondrinas) que todavía pueden verse hoy suspendidas del techo.
Le gustaron tanto que se entusiasmó y comenzó a dibujarlas en platos, adornos y azulejos. La figura de esta ave ‘bela e alegre, valente e fiel’ caló enseguida en el espíritu portugués, y artesanos de todo el país comenzaron a decorar con ella fachadas, barandillas e interiores domésticos durante todo el siglo siguiente, convirtiéndolo en un icono de Portugal.
estanco Mónaco
En la Baixa, sin embargo, casi no quedan comercios antiguos. La mayoría han cerrado para dejar lugar a restaurantes y tiendas actuales.
La recorremos despacio, fijándonos en los escaparates de las cafeterías, repletos de bolos reis, con azúcar glaçe y frutas confitadas, y de pasteles imposibles elaborados con yema, cholate, almendras picadas. Brillantes. Apetitosos.
Sólo encontramos algunas lojas antiguas en la rúa D. Antão de Almada y, en una de las calles que la atraviesan, la rúa Conceiçao.
Aquí sobreviven aún tres o cuatro antiguas retrozarias (mercerías) como la de Bijou o la de Alexandre Bento. Son pequeños locales -algunos minúsculos- donde comprar botones, telas o complementos sigue siendo un placer intemporal que se saborea despacio.
mercería en la calle Conceiçao
De los antiguos cafés a los que acudía Fernando Pessoa, la máxima figura de la literatura portuguesa, el más conocido es A Brasileira, que cuenta incluso con una estatua de bronce del escritor junto a la puerta. Otro lugar que frecuentaba mucho está aquí, en Rossío, el café Nicola, que todavía conserva algo del aire nostálgico de principios del siglo XX.
Pero, sin duda, el más auténtico de los lugares que visitaba es el café Martinho da Arcada, en la plaza del Comercio. En el siglo XVIII era conocido como ‘Casa da neve’, porque servía hielo y helados para toda Lisboa.
      

Encantador el paseo, la

Encantador el paseo, la moto..., pero es que Lisboa... ¡¡atrapa siempre!!

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